rosina valcarcel: JOSÉ MARÍA ARGUEDAS: Kachkaniraqmi
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a Roberto Wangeman
No fue por un azar que en el otoño de 1964 conociera la orfandad y ternura de uno de los más grandes hombres que alumbrara el Perú. En la Ciudad Universitaria de San Marcos se respiraba aire nuevo. Los jóvenes irrumpían con sus colores de muchedumbre, los poetas recordaban el asesinato de Javier Heraud sucedido hace un año. Los campesinos habían sido reprimidos por invadir las haciendas. En el pasillo de letras asomó ser flaco, sonriente. Un atisbo de profunda tristeza, se notó cuando me dijo: --¿Por qué piensas cursar sociología y no literatura?, ¿ por compromiso social? Pero ese no es tu camino. Preferible es la antropología que está más cerca del arte y de los hombres. Era José María Arguedas.--
Anteriormente, cuando Gustavo, mi padre, le ofreció textos de “César Vallejo” en la Casa de la Cultura, adquirió más de 30 ejemplares, que calmarían por unos días nuestro hambre cotidiano.
En 1965 la argentina Halma Cristina Perry y yo, inspiradas en el significado filosófico y en la proyección social del poema “A nuestro Padre Creador Túpac Amaru” de José María Arguedas decidimos bautizar una revista con título de Kachkaniraqmi , que significa “ ... A pesar de todo, aún somos, existimos todavía / con todas las posibilidades de reintegración y crecimiento”, según la traducción del maestro. Al enterarse Arguedas dijo: “¡Qué alegría! ¡Empiezan a entender el mensaje quechua! ¡Cuenten conmigo. Les brindaré materiales!”. Y cumplió, primero proporcionándonos para el número 2, en castellano y quechua, el poema “Katatay”, editado entre julio y setiembre de 1966; y en 1969 autorizándonos a reeditar “La novela y el problema de la expresión literaria en el Perú”. Lorenzo Osores y yo lo visitamos en su casa de la residencial Santa Cruz, y nos abrió la puerta una mujer joven y bella: era Sybila Arredondo, su segunda esposa, actualmente sin libertad.
Arguedas, en 1966, apareció en el Congreso de Escritores Jóvenes, y repartió entre los participantes, ejemplares de sus cuentos editados por Salcantay. A mí me tocó “El sueño del pongo”. Supimos que hacía poco, había intentado suicidarse. Nos confesó que la inspiración le llegaba como una suerte de hechizo interior; que no premeditaba lo que iba a redactar; que no se considera erudito ni le importaba producir cambios formales; nos animó a abrazar la sagrada escritura sin que la razón intervenga mucho, pero sí la pasión para contar lo que se ha vivido en la niñez, o para denunciar la situación atroz que soporta el pueblo indio.
En 1964 dictó en San Marcos “Culturas regionales comparadas” y en 1967 tuvo a su cargo “Estudio de la cultura peruana en la literatura oral y escrita”. Como alumna libre le escuché algunas veces narrar con deleite y sutil ironía mitos indios como “Adaneva”.
Sólo tenía 58 años cuando en la Universidad Agraria se dispara una bala en la cabeza. Durante años nos pareció injusto ese acto. Nos había privado de sus consejos, de su sabiduría. En el velorio se prendieron velas y misterios. En el entierro multitudinario y colorido, mientras decenas de jóvenes lloraban sin medida, sus amigos músicos se exorcizaban en melodías andinas. Y otros quedábamos atónitos e irremediablemente desgarrados. No exagera Denis Sulmont cuando aventura que la muerte de Arguedas produjo una fractura en la historia del Perú.
En: La República. Oct 1°. p. 19, 1989.
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Por lobogabriel - 17 de Febrero, 2008, 11:12, Categoría: lecturas
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